A todos nos ha pasado alguna vez. Llevabas una rutina muy buena de entrenamiento físico, pero ya sea por un periodo de mucho trabajo, unas vacaciones, una enfermedad o incluso un confinamiento… todo se fue al traste y dejaste de entrenar. Volver a adquirir el hábito deportivo te costó lo tuyo, aunque al final lo conseguiste (¡obviamente!). Y es que notaste que la falta de movimiento te pasó factura. ¿Te sientes identificado? En mayor o menor medida a todos nos ha pasado algo parecido alguna vez y nos hemos preguntado: ¿sabes lo que le pasa a tu cuerpo cuando dejas de entrenar?
El sedentarismo tiene graves consecuencias sobre nuestro organismo. Según los expertos, los primeros síntomas mayores aparecen al cabo de ocho semanas, aunque antes ya comenzaremos a notarnos más cansados al realizar acciones cotidianas como caminar o subir unas escaleras. Así, a los quince días tus niveles de fuerza y resistencia irán bajando de manera paulatina porque tus músculos empezarán a perder fuerza y tejido y las células grasas comenzarán a ganar terreno.
Asimismo, al eliminar el ejercicio de nuestra vida, el cuerpo puede comenzar también a consumir menos oxígeno y generar menos dióxido de carbono, ya que la práctica de ejercicio regular favorece la buena oxigenación y aumenta la capilaridad, lo que hace que nuestro cuerpo aproveche mejor sus recursos y rinda más.
De este modo, cuando haya pasado entre uno y dos meses desde que dejamos de hacer ejercicio, notaremos una mayor pérdida de fuerza muscular (alrededor del 7-12%). Además, seguirá incrementándose el porcentaje graso, lo que podría desembocar en cambios en el metabolismo, que se habrá ralentizado, dando lugar a un aumento de peso, colesterol, etc.
Por otro lado, la inactividad habrá provocado en este tiempo que nuestra capacidad flexible se vea mermada por la falta de estiramientos y puede que tengamos problemas de sueño, ya que el ejercicio favorece que nos vayamos a la cama más relajados.
Como decíamos antes, será a las ocho semanas cuando la falta de ejercicio empiece a pasar factura de verdad a nuestro organismo, según un estudio del Instituto Nacional de la Salud de Estados Unidos. Así, además de los evidentes perjuicios puramente físicos, podremos desarrollar otras enfermedades como diabetes y obesidad, riesgo de colesterol alto o problemas cardiovasculares.
Por último, la falta de ejercicio también puede dar lugar a otro tipo de problemas que afecten a nuestra psique. Como hemos mencionado, un estilo de vida sedentario puede dar rienda suelta al insomnio y a otras patologías mentales como la ansiedad o la depresión. Al realizar ejercicio liberamos endorfinas, los neurotransmisores que generan sensación de bienestar, por lo que nos ayudan a mantener en forma también nuestro estado mental.
Lo mejor es que no demos lugar a que esto pase. Obviamente, cuanto más tiempo pase más complicado nos resultará volver a la rutina, pero con fuerza de voluntad y disciplina podemos conseguir volver a ponernos en forma y comenzar a sentir el bienestar que nos merecemos. Comienza por introducir el ejercicio en tu vida diaria con acciones cotidianas (subir y bajar escaleras, no utilizar el coche o el transporte público en la medida de lo posible para así caminar más, o realizar actividades fuera o dentro de casa que impliquen movimiento y no quedarnos en el sofá) y ve introduciendo el ejercicio de manera progresiva (caminando 30 minutos diarios, luego 60, yendo al gimnasio, etc.). Verás cómo poco a poco comienzas a recuperar todas esas capacidades mermadas que hemos explicado anteriormente y te encuentras estupendamente. ¡Y es que el deporte es vida! Y la vida merece la pena vivirla en excelentes condiciones.