La adolescencia es una época en la que se experimentan numerosos cambios y en la que la vulnerabilidad se hace muy presente. Y es que esa transición del desarrollo entre la infancia y la adultez no siempre es fácil. En términos de ejercicio, cuando somos niños no paramos quietos: sentimos una necesidad imperante de descubrir, movernos, jugar y realizar cualquier tipo de actividad física, ya sea correr, montar en bicicleta, patinar y, en definitiva, disfrutar de un sinfín de juegos que implican movimiento. Pero esta pasión por el ejercicio no siempre se mantiene en la adolescencia.
Así nos lo indican numerosos estudios: alrededor del 30% de los adolescentes (13-15 años) españoles deja el deporte anualmente, y únicamente el 23,4% practica el ejercicio mínimo recomendado por la Organización Mundial de la Salud (OMS); esto es, una media de 60 minutos de actividad física aeróbica moderada al día. Esta cifra que se vuelve más alarmante entre las chicas: con un porcentaje de adolescentes sedentarios del 76,6%, un 69,8% de los chicos no llega a esta recomendación de la OMS, mientras que en las chicas esa cifra aumenta hasta el 83,8%.
¿Qué está pasando con nuestros adolescentes para que abandonen el deporte? ¿Hay algo que nosotros podemos hacer para motivarles en la práctica deportiva? La respuesta es alentadora: ¡sí!
Lo primero que debemos tener en cuenta es que cuanto más hayamos fomentado la práctica deportiva desde niños, mayor tasa de éxito tendremos en que sigan practicándolo de adolescentes y, por tanto, que ya tengan el hábito interiorizado cuando sean adultos. Esto es sumamente importante, ya que la inactividad física está catalogada como el cuarto factor de riesgo de mortalidad en el mundo según la OMS.
Si bien es cierto que, aunque de pequeños hayan sido niños muy activos, esta tendencia a hacer deporte se reduce en la adolescencia. Lo primero que debemos tener en cuenta es que es algo perfectamente normal, por lo que la comprensión es primordial. Imponer nunca es una buena solución, pero siempre podemos ir guiándoles para que no lo abandonen por completo y negociar unos mínimos.
Si lo que siente es apatía por el deporte, podemos intentar reforzar su motivación ayudándoles a encontrar un deporte que les guste y se adecúe a sus habilidades.
Si es un adolescente muy tímido o al que le cuestan las relaciones sociales, obligarle a apuntarse a un deporte de equipo quizá no es la mejor opción. Pero ¿y optar por un deporte como la bicicleta, que puede hacer en solitario, y que a la vez cuenta con la opción de apuntarse a un club de bikers cuando haya cogido más confianza en sí mismo?
Si por el contrario es un chico o una chica muy sociable, puede ser una buena idea que introduzca la práctica deportiva junto a su grupo de amigos: crear un equipo de baloncesto, fútbol, jugar al tenis o al pádel con amigos, quedar para ir al gimnasio… Hacer deporte con alguien será un compromiso adquirido y no será tan sencillo abandonar esta responsabilidad como si se realizara en solitario.
Si lo que queremos es motivar a nuestro hijo adolescente a hacer deporte, debemos evitar forzarles a practicar un deporte en concreto. Lejos de motivarle, lo único que hará es que le coja manía y acabe odiándolo, con el resultado más que probable de abandono. Asimismo, ser demasiado duro con los feedbacks y resultados también contribuirá a que acaben desmotivándose a largo plazo.
Debemos tener en cuenta que el objetivo principal no es ganar o perder ni alcanzar una meta u otra, sino que se diviertan. Solo así lograrán interiorizar el deporte como un hábito saludable. Presionarles puede generar el efecto contrario al que deseamos, por eso nuestro apoyo es fundamental. No compararles con otros adolescentes es otro punto importante, cada persona es única y también sus habilidades. Animarles a probar nuevos deportes para romper con la monotonía, a fijarse nuevas metas y a retarse a sí mismos será también muy alentador para ellos, siempre y cuando no se convierta en una exigencia impuesta por los adultos. Todo esto se puede resumir en dos conceptos: sentido común y empatía. Si, además, podemos integrar la práctica deportiva en la rutina de ocio familiar, entonces el objetivo se habrá cumplido con creces.